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Una mañana de junio de 2005, los guardias del Museo Nacional de Bellas Artes de Chile, notaron que una millonaria escultura de Auguste Rodin, había sido robada. 24 horas después del suceso un tímido estudiante de arte regresa la pieza argumentando que la había robado como parte de un proyecto artístico. Un documental sobre los dilemas del arte que entrelaza la figura de uno de los más famosos artistas modernos europeos con uno de los más desconocidos artistas chilenos contemporáneos.
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Una fría mañana de junio de 2005 los guardias del Museo Nacional de Bellas Artes de Santiago de Chile descubrieron que la escultura de Auguste Rodin, el "Torso de Adèle ", avaluada en medio millón de dólares, había sido sustraída de la sala principal de exhibiciones. Por la maestría en la ejecución del delito, las sospechas de los detectives apuntaron hacia alguna banda especializada en robos de obras de arte, por lo que al instante se encendió la alerta mundial. Pero para sorpresa de la policía y de la prensa que comenzó a seguir expectante el caso, la obra fue devuelta al día siguiente por un joven que dijo haberla encontrado tirada en un sector aledaño al museo. Nadie comprendía cómo la obra había llegado ahí. Sin embargo, tras intensos interrogatorios, Luis Onfray (21), el joven estudiante de arte, sorprendería nuevamente a las autoridades reconociendo que él mismo y sin la ayuda de nadie la había sustraído.
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En ese mismo instante un manto de críticas cubrió al joven. Lo culparon de haber dañado irreparablemente la imagen del país en lo que fue calificado como una estupidez adolescente. Las vueltas del caso continuarían al día siguiente, cuando enfrentado a los tribunales de justicia el abogado defensor del estudiante anuncia que el robo no correspondía a un delito sino que había consistido en una acción de arte donde Onfray quería comprobar "que la obra estaría más presente no estando". Este fue el punto de inflexión para una delirante trama policial que enfrentó durante varios meses a abogados, artistas, teóricos e instituciones que fueron interpeladas para discutir sobre el estado del arte contemporáneo.
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Casi diez años después de este suceso, los protagonistas reviven este episodio artístico-delictual a través de este documental articulado como un absurdo relato detectivesco que nos permite ironizar sobre el sentido del arte y las contradicciones del quehacer artístico. Una trama policial, donde la figura del joven estudiante se cruza con la presencia del mismo Auguste Rodin quién, siendo incomprendido también en su época, intentó sin éxito parar monumentos en Chile, recibiendo sólo el rechazo de las autoridades locales. Un documental que viaja desde el presente al pasado, desde lo contemporáneo a lo clásico y desde la periferia hacia el centro de la cultura intentando generar nuevos puentes entre el incomprendido mundo del arte y los espectadores.
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Cuando ocurrió el robo de la escultura de Rodin en 2005, yo estudiaba cine en el mismo lugar donde Luis Onfray, el protagonista del documental, estudiaba arte. En esta universidad, representativa de la izquierda chilena, era usual ver alumnos implicados en acciones subversivas. Ese año un estudiante quemó a un policía con una molotov en la puerta de la facultad y una alumna de sociología fue sorprendida con un litro de nitroglicerina en su mochila. Incluso, se supo de algunos estudiantes implicados en el asalto a un banco. Sin embargo, el caso del robo de la escultura de Rodin era distinto pues por primera vez estábamos frente a un estudiante que justificaba su acción delictual con argumentos estéticos.
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Diez años después me propuse volver a esta historia para recoger los cuestionamientos que en ese momento quedaron en el aire. Investigando descubrí que algo inesperado había ocurrido en esa exposición de Rodin. Y fue el hecho de que tras el robo, el público se volcó en masa a la exposición. Todos querían ver el podio vacío del Torso de Adèle . Un suceso que hizo que la exhibición de Rodin se convirtiera hasta hoy en la muestra artística más visitada en la historia de Chile. Un hecho que no hacía más que validar la tesis de Onfray donde quería hacer ver que la obra "estaría más presente no estando".
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La naturaleza policial-absurda de la historia me llevo a plantear una propuesta visual que toma elementos de la densidad visual del Film Noir y las combina con el género de la comedia con su tratamiento del absurdo, proponiendo un sistemático choque entre tensión y humor. Una construcción narrativa laberíntica, con constantes salidas a sub-historias relacionadas al robo y con constantes saltos temporales por la historia. El relato se sostiene en base a las entrevistas a los implicados, a registros en el presente del protagonista y de los espacios donde transcurrió esta trama, lo que será combinado con el uso creativo de un amplio material de archivo que dará verosimilitud a esta historia que bordea lo irrisorio.
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